viernes, 16 de diciembre de 2011

Indeleblemente, Ligia

Pues para antojarlos, yo ya leí el nuevo libro de Ligia María Orellana. "Indeleble" se titula la obra que está dividida en dos partes. Una primera parte es una cosa exquisita, sobre todo para los que ya hemos leído a Ligia, pues se trata de sus conocidos "Tripin". La segunda parte son cuentos, donde aquí la autora se conecta con su primera obra "Combustiones espontáneas" (2004).

La primera parte "Tripin" presenta una serie de crónicas con personajes muy propios de la autora y que los lectores de su blog (quejoder.wordpress.com) ya conocemos. Verlos en un libro es como reconocer la calidad de las historias que nacieron de eventos muy particulares y conyunturales. Por un momento pensé que, dado que las crónicas evocaban un hecho muy salvadoreño y de un momento específico, tendría que tener la fecha o algo, algo así "como una explicación". Leer los "Tripin" en conjunto, me hizo repensarlos de otra manera. El "Tripin" recrea una situación pero no es la situación, es un universo "paralelo" y en esto es donde Ligia es maestra, en crear de lo cotidiano personajes únicos, con ayuda de la escritura y unos dibujos sencillos pero que tienen todo lo que se necesita. Leído así, como unidad, me di cuenta que pueden ser universales y no importa porqué o dónde nacieron, el "Tripin" funciona sin su detonante. Y es delicioso.

La segunda parte Ligia nos presenta una serie de cuentos. Los cuentos tienen como denominador común personajes fuera de serie. Es sin duda, otro tipo de universo paralelo: lleno de cupidos, de muertes que acechan, donde hay un Scott Fitzgerald Malasuerte, espacios llamados Sentral Parc y donde vender riñones para comprar zapatos es posible. Entonces Ligia nos hace jugar con las palabras. Así como al dibujar es sencilla y concisa, en sus textos también lo es, pues este tipo de personajes que pueden ser inverosímiles se conectan con el lector en su cotidianidad. La serie de cuentos cortos parece también haber sido escritos con la misma tinta indeleble que nos dibuja a sendos personajes de la primera parte. El texto que sin duda conecta con su manera de dibujar es "Cinco microcapítulos (sobre cosas innombrables)", donde Ligia nos deja los puntos para que nosotros terminemos el trazo, pero nos deja los puntitos ella sonriendo, con ironía, y nosotros diciendo "claro, es así".

Este libro se presenta el 19 de Diciembre en el Centro Cultural de España. Adjunto la invitación.


lunes, 14 de noviembre de 2011

De (ir)realidades, recuerdos e historia

Últimamente he andado así como en plan de auto-evaluación. Ha sido un año interesante en muchos aspectos. Y creo que me di cuenta de unos de mis principales miedos: perder la noción de la realidad.

Si eso existe. Me parece que sí.

[googlea]

Sí, sí existe.

Pero no importa, porque es mi noción de realidad. Hace poco recordaba que en alguna clase algún profesor (si es que fue real), comentaba sobre la física cuántica y del tiempo lineal. Como uno es capaz de recordar el pasado, pero no el futuro.

Entonces es eso: el pasado está en los recuerdos. En lo que uno recuerda. Y siempre he pensado que ando malita de mis recuerdos. En una de mis películas favoritas "Vals con Bashir", cuando tratan de reconstruir un recuerdo que también es un momento histórico (been there, done that), plantean una cosa que siempre me ha llamado la atención sobre los recuerdos. Alguien tuvo el buen atino de subir la escena al tumblr (algún día les hablaré de esa otra red social). La cuestión es esta: uno puede recordar cosas que no existieron. El tiempo no es tan lineal. ¿Por qué entonces mi pasado puede ser falso y no así mi futuro?.

Pondré otro ejemplo. "Abre los ojos" o su versión gringa chafa "Vanilla Sky". Este tipo contrata para que le injerten una serie de recuerdos para vivir en criogenizado. Lo que más me impacta de la película es esa sensación de no saber justo cuando se hizo el cambio. Cuándo los verdaderos recuerdos (si es que son verdaderos) terminan y empiezan los falsos. Uno puede dudar de todo.

Entonces aquí viene: el pánico. Tipo los enanitos verdes, uno está sentado en la muralla que divide todo lo que fue de lo que será. Y es bien alta y marea. Porque el presente es así, fugaz. Y uno lo vive de prisa. Y de repente ya casi todo es pasado. En mi caso mi pasado es incluso a veces todo un gran país. "El Salvador no existe", bromean por ahí. Pero yo una vez lo llegué a pensar y me llegó a dar miedo. Me dio entonces una de las peores ansiedades por regresar a un país, que seguramente ya no existe. En un año ha cambiado. Y mis visitas anuales en tres años quizás no me dan cuenta para darme cuenta de todo lo que es ya mi país o ya no lo es.

Mi país es entonces es una serie de recuerdos frágiles.

Y eso me da angustia.

Y a veces quisiera recordar y saber que lo recordé es certero. Como un libro de historia (no oficial por favor). Alguien que me dé cuenta de lo que digo es cierto. Porque a mí todo se me hace nubloso. Un día despertaré y todo lo que más quiero será un recuerdo. Un recuerdo a mi manera y poco real. Quizás. Ese es uno de mis grandes miedos.

Si es una reflexión que parece loca. Pero créanme, está aún peor en mi cabeza. Y es por estas cosas tan personales y subjetivas que creo en la memoria histórica. En tener presente algunas cosas nublosas. Por ejemplo el 11 de noviembre se cumplieron 22 años de la ofensiva. Yo tenía 5 años y recuerdo un par de cosas que cada vez están más nublosas. Cuando todo esté nublado, cuando todos estemos así, no sólo el pasado será fabricado, sino también habremos fabricado nuestro futuro.

Y entonces estoy ahí, sentada en esa muralla. ¿Habrá que pararnos?


domingo, 30 de octubre de 2011

De ubicuidades y columnas

Voy a hacer un ejercicio de "diario" de Psicología de la adolescencia de la institución jesuita en la que estudié buena parte de mi niñez y juventud. Pues es que cuando quiero pensar mi relación con los espacios, mi vida siempre ha sido un desencuentro.

No. No soy víctima del desencuentro estilo novela rosa. Pero siempre han existido distancias por todos lados. Las distancias se deben de medir en términos de que tan posible es que estemos en un mismo lugar. No en kilómetros. No. Por eso siempre he anhelado el don de la ubicuidad, porque la capacidad de estar en varios lugares a la vez controla esa imposibilidad. Juega con las distancias.

Por ejemplo, a mí me hubiera gustado estudiar Letras al mismo tiempo que estudié Economía. Es más me hubiera gustado además estudiar Física y Matemática. Porque las extraño y recuerdo yo que era muy buena para esas dos últimas. Pero también me hubiera gustado ser deportista. De algo. De volleyball.

Soy golosa y por eso quiero ser ubicua.

Entonces he intentado ser ubicua haciendo muchas cosas que me gusta hacer. A veces al mismo tiempo. Por ejemplo escribir este post mientras estoy trabajando una base de datos. Escribir una idea que se me viene para un cuento en medio de una conferencia sobre mortalidad, o bien simple y sencillamente irme a dormir y pensar que soñaré con el trabajo pendiente (de joven me funcionaba mucho mejor).

Entonces pienso que le he ganado a la ubicuidad. Pero entonces me doy cuenta que hay días que quiero despertar en El Salvador y luego regresar a México y pasar la tarde jugando con mi sobrino en Sttutgart. Quiero que realmente exista ese "Salvéxico" o "Mexsalvador" donde vivo, con un pueblo llamado Alemania para visitar. Levantarme y desayunar pupusas. Hacer mi trabajo y luego cenar tacos al pastor deliciosos. Eso es el mundo ideal, si me preguntan.


Avisos parroquiales:
Quizás tener cosas publicadas sea una manera más de alcanzar la ubicuidad, uno puede estar dónde lo lean. Ya van dos columnas mías en La Prensa Gráfica. ¡Espero sean más! Cada una ha sido, sin planificarlo así, de una de mis facetas. La primera fue más recordándome mi lado de fan de la estadística y la segunda de la presentación de los libros Roque Dalton. Les dejo los enlaces.

Sueños guajiros estadísticos - columna del 9 de Octubre
País mío no existes: Roque Dalton en el Zócalo de México - columna del 30 de Octubre

domingo, 2 de octubre de 2011

Mamá Lita

Dicen que la gente que muere el día de su cumpleaños es especial. Puede ser.

Mi abuela era demasiado especial. Pues para mí, sí. Que es lo que importa. Porque no era más abuela mía que de nadie más. Era una abuela diferente para cada uno de sus nietos, seguramente. Porque dicen que yo puedo tener mi imagen particular porque era su consentida. Su "gorda".

Estoy en México. El lugar donde murió. A veces siento que hay cosas en los caminos que recorremos. Tengo el cuerpo de abuela y mucho de su carácter. Demasiado, a veces.

Cada vez pasa más el tiempo, ya casi veinte años de que me dijeron que murió y yo no lo podía creer. Cada vez mi infancia se vuelve más borrosa. Como si el pasado se acumulara por ahí y se quedara apretadito entre tanto presente. Tanta prisa y tantas cosas.  Y puedo enumerar cosas tan aleatorias como mi abuela pintándose las uñas de azul, del mismo tono del vestido que usaría en la fiesta, mi abuela jugando solitario en la tabla en la sala, mi abuela dándome naranja con una cucharita, mi abuela mandándonos a hacer vestidos donde la niña Manda, mi abuela enojada porque me tomé una foto con mi amiga y ella pagaba el fotógrafo para tomarnos fotos a nosotras no a nuestras amigas (jijiji), mi abuela, mi mamá Lita que no cocinaba más que una sopa Maggi los fines de semana. Mi mamá Lita viendo si me había caído de la parte de arriba del camarote. Mi mamá Lita que mandaba regalos a los cumpleaños si no íbamos, pero que sí íbamos no llevábamos. Los puestos en el mercado. La comida, mucha comida. Revisar la mercadería, ver si no iba a dar de lo "nuevo". Mi mamá Lita que se enojaba si no hacíamos las tareas, mucho, porque teníamos que hacerlas y lograr mucho más que ella. 

Y tantas cosas que quizás ni me acuerdo, pero seguro que están ahí. Porque yo soy mi mamá Lita, en tantas cosas. Feliz cumple. 

sábado, 10 de septiembre de 2011

De los problemas de enamorarse de hombres que no existen


Explicaba, por quinceava vez, que iría a la fiesta sola. No. No, gracias. No, no tengo con nadie con quién ir. Es triste darse cuenta de la poca existencia que tiene tu pareja en esos momentos de bodas, bautizos y quince años, donde las parejas son necesarias. Primero, para que todas las mujeres de tu familia le planten un beso en rojo y, segundo,  para que evitar al tío borracho que siempre quiere bailar.

Suspiraba y pensaba en el vestido más idóneo, pensando en qué tan sencillo sería llevar a Filiberto, si existiese. La primera vez que me di cuenta que Filiberto no existía fue cuando lo invité a comer helado. Lo cité en una heladería bastante populosa, quería compartir una banana split con choco krispies y sin crema batida. Se negó. Dijo que las muchedumbres lo ponían nervioso. Pero rápidamente volví a creer en su existencia, porque a las niñas de ocho años les es fácil  saber de existencias e inexistencias, sobre todo intermitentes.

A los diez años quise que fuéramos juntos a la pizza, una pizza con hongos, jamón y doble queso, con un té helado de limón. A los doce, le pedí que fuera a mi primera fiesta. A los trece mientras fumábamos mi primer cigarro, le dije que por favor me llevara por una cerveza o una copa de vino, que qué más daba. Y llegaron los terribles quince, con fiestas rosas y con mi pasión por un Filiberto de chambelán bailando conmigo y haciendo una “L” con los pies.

Entonces Filiberto quiso atenuar las cosas. Me dio explicaciones. Que era poco vistoso. Que era bastante feo. Entonces me dijo  una mentira para apaciguar mis interrogatorios: que era totalmente invisible. Durante mucho tiempo creí fielmente en su invisibilidad. Tenía un novio invisible al que me dedicaría en cuerpo y alma. Un novio que además sólo era mío.

Poco a poco me iba convenciendo que la invisibilidad no era de este mundo, este mundo donde yo tenía un novio invisible pero que yo no era invisible. Mis mundos se habían puesto locos. Por lo menos ese tipo de mundos visibles e invisibles. Si la gente invisible no podía ver a la gente visible y viceversa, las cosas hubiesen sido más fáciles. O si por lo menos los visibles escucharan a los invisibles y los invisibles no escucharan a los visibles. Porque podía creer en ese tipo de justicia de ojo por oído y oído por ojo. Me miré en el espejo. Me miré detenidamente. Y entonces decidí  renunciar a mi visibilidad como el acto más puro de amor. Esperando quizás perder alguna otra cualidad física (yo esperaba perder sobre todo peso).

Filiberto entonces admitió su inexistencia y no su invisibilidad, a veces pienso que lo hizo para nomás para dejarme vivir en este mundo visible. Me dijo que él vivía en mi mente, nada más. Le dije que eso no importaba, que lo quería fuese como fuese. Pero que no podía irme a mi vivir a mi propia mente, porque era bastante imposible y un poco endógeno. Él coincidió conmigo. Me dio un beso en la frente. Yo le juré amor eterno.

Y ha funcionado muy bien. Salvo esas necesidades que aparecen de querer decirle al mundo que tengo novio, pero no poder hacerlo porque mi novio no existe. 
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