viernes, 10 de agosto de 2007

Nomás por no dejar...

la costumbre de postear...


Un cuento!
Sí!

Uno viejito!

De los más viejitos!

El Selenita y el enanito

Son las 10:20 y no llamaste. Imagino un sinfín de razones. ¿Mi preferida? Que justo cuando marcabas el teléfono se encontraba ocupado; que qué casualidad que hubo una llamada de medio minuto preguntando por una tal “Telma” y vos marcaste; que llamaron a mi mamá y vos llamaste. ¿La más odiada? Que no quisiste llamar, que se te olvido por completo. Es la que me da más miedo. Dijiste “a lo mejor” y yo espero, espero y espero; soy así, lo más triste es que odio esperar. Pero bueno, heme aquí transcribiendo pensamientos que deberían estar en otro rumbo: que si hay crisis en Venezuela, que si es mejor que salga a correr mañana o que deje de comer de una vez por todas, que si tengo mil pendientes, que si el dolor de cabeza... ¡Pero no! Una llamada ocupa mi mente. Son las 10:25 y no vas a llamar, ya es muy tarde y mi corazón está triste. Odio esto: que me duelan las estúpidas pequeñeces tanto, una puta llamada ¿a quién le importa?, de las muchas veces que te llamo y que me llamas, de las veces que me vas a llamar... ¿qué importa la llamada de hoy? ¿Acaso no sería más práctico que dejara de pensar en eso?

La Luna está perdida, no sabe donde está el Sol para reflejarlo al mundo, está perdida, está oscura. La Luna: un selenita se llora por un rato (“se” llora como “se” ríe), ¿el mundo estará totalmente perdido sin el reflejo de la luna? El selenita se come las uñas, las siete de cada mano y reflexiona: “vivo en un satélite no en la Tierra”. Un terrícola agobiado por las preocupaciones de mundo reflexiona: “pero pase lo que pase la Tierra sigue girando en torno al Sol”. Yo me pregunto:¿habitará alguien en las manchas solares?, pues como Silvio dice, en una sola cabe el mundo...

La historia del selenita me alejó de la llamada un par de renglones. Un enanito que habita en mi ventrículo izquierdo sufre de asfixia, un pequeño vacío le roba el oxígeno: el enanito grita, suplica por un poco de oxígeno, corre hacia los demás ventrículos, pero no sabe donde está la sangre limpia con oxígeno. El selenita oye la señal de auxilio en una vieja radio que dejó olvidada Neil Armstrong, y lo rescata. Me lo secuestra del corazón. El enanito vive y le hace compañía para siempre al selenita, quien no se vuelve a comer las uñas.

Mientras tanto el hombre emproblemado, pide a Dios que los carros avancen, que se muevan rápido. Se desobstruye la carretera, ¡La velocidad vuelve! El camino se ilumina por la Luna (el selenita come palomitas de maíz con el enanito mientras ven hacia la tierra). Más velocidad, un chillido de llantas. Se detiene. Arranca rápidamente. Semáforos, calles, edificios, al fin. Llega a la ciudad, a las colonias, a su colonia, a su casa, a su teléfono.

Son las 10:45 y llamaste...

Marzo, 2002.

2 comentarios:

  1. Me da gusto que hallás salido de tu mutismo digital y postiés (que paloma que ya hicimos castellana esa palabra) aunque "sea por constumbre"

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  2. Maria celeste arraras15 de agosto de 2007, 1:10

    yo quería leer el cuento de el selenita y la yolandita zaldívar

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