viernes, 12 de enero de 2007

Post- postpuesto y un cuento

No más me encontré un cuento por ahí... para compartirlo. Estoy esperando unas fotos para escribir lo que me pasó este día, fui a sacar la solvencia de la policía (4 horas), pero de paso visité otros lugares ya que andaba por ahí... les contaré despuecín... ¿Por qué solvencia? ¡Porque empiezo el lunes a trabajar! Les dejo el cuentillo.


Las deudas de Andrea

Solía usar las facturas como separadores de libros. Andrea necesita encontrar el voucher de esa compra. Las letras pueden con todo, se había dicho desde siempre. Hasta con las finanzas. Las deudas son tristes. No llegan con sonrisas para nadie. Pocas cosas llegan para siempre y las deudas parecen ser algunas de ellas. Recibo amarillo decolorado: los números ya casi no se ven. No. No es ése. ¿En qué libro está? Está segura que pagó menos de lo que indica la libreta de ahorro. ¡El descuento! ¿No lo aplicaron? Tira los libros en la cama. Uno por uno. Factura de enero, de febrero… nada… ¿Tan pocos libros he leído? ¿Tantas cosas he comprado? Al principio usaba un único separador, pero resultó que Orlando tenía una manía por robarle los libros. Luego los encontraba en el baño y no en el escritorio. En la mesa y no en la cama. La factura ya no estaba en la página 205, si no que en la 25. Otra compra y un recibo más. Entonces se ponían dos facturas por libro. Andrea se acostumbraba a abrir un libro dos veces, y asegurarse que la historia continuase donde ella la había dejado. Andrea, a pesar de su cuidado, sentía una sensación de déja vu literario. Las letras que volvían a escribir las mismas historias. Orlando no era un lector veloz, pero sorprendía, de vez en cuando su voucher estaba más cerca del final y Andrea se adelantaba en las historias. Hoyos negros, agujeros, argumentos vacíos, inconexos, imprecisiones. Andrea a veces sustituía su lectura por la de Orlando, sin querer y sin saber. La historia a dos lecturas no era la misma.

Todo había empezado en el café donde esperaba Orlando hace algunos años. Tomó el libro del estante de la colección de revistas y novelas que se ofrecían sin costo a los clientes. Empezó a leer. El tráfico y la lluvia y diez páginas de un libro ajeno. Orlando que llegaba con un capítulo de retraso. En un giro de la tapa, la factura, el libro inconcluso. Casi siempre estaban ahí, libro y factura, a la siguiente semana, a los tres días o al día siguiente, tal como iban aumentando la periodicidad de las citas. Luego no sólo en ese café. El café de más al sur con un corredor lleno de plantas, el café no tan bonito pero que la señora era amable, el café pequeñito cerca de la casa de su tía y hasta el café a dos cuadras de la universidad donde sabía que se podría encontrar a su ex novio… Hasta que la costumbre llegó a casa. Y luego llegó Orlando seguido de domingos largos en el sofá. Un comedor de pláticas y una sala para estar entre dos. Compartir todo: el baño, el escritorio, la mesa, los libros y las facturas.

Andrea no encuentra el voucher. No hay libros en el baño. Ni en el escritorio. Las deudas son menos que deudas y más que separadores. Las deudas son tristes. Las historias son una historia. Hay un argumento vacío, un salto que ella no entiende. Se sienta en la cama. El dormitorio en silencio cobija a Andrea ­–voucher en mano- que no sabe cómo retomar la historia sin Orlando.

2 comentarios:

  1. Es la primera vez que visito tu blog y te felicito pues me parece muy interesante.
    La historia tambien es muy bonita felicidades.

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  2. Gracias cecilia!!! Pasate más, siempre en este hormiguero hay espacio más gente (y hormigas por supuesto)

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